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El trabajo doméstico en el siglo XXI o de cómo nos mantiene al margen de la economía productiva y nos recluye en el espacio privado como sanguíneo

Lunes 2 de julio de 2018, por Rafaella Sánchez Mora


Entre lo sorprendente y lo nefasto, en los albores del Siglo XXI, con un paradigma discursivo de igualdad y no discriminación, las mujeres miramos en nuestra casa, con mucha ambivalencia, la ropa, la comida, la limpieza, el cuido de personas y el sinfín de tareas que implica la administración económica y social de este espacio, porque simplemente están a nuestro cargo sin casi capacidad electiva para decir no. Tornar la mirada política y legislativa al trabajo doméstico no remunerado, me atrevo a asegurar, ha sido una de las luchas más difíciles, y sin mayor éxito, que las feministas hemos dado alrededor del mundo.

La mayoría de las personas reconocemos los efectos de la pedagogía del género, sabemos que las niñas son entrenadas, desde la más temprana infancia, para convertirse en “reinas” domésticas y “amas” del hogar, lo cual tiene lamentables implicaciones en nuestra contra. Pero ¿qué pasa? Los resultados de la más reciente Encuesta Nacional del Uso del Tiempo (2018) nos arrojan ―y pretenden quitar la careta― datos crudos sobre una de las más arraigada y naturalizada forma en que las mujeres somos excluidas de la economía productiva: el tiempo efectivo promedio que se dedica al trabajo doméstico es de 36hrs 1 min semanalmente, mientras que los hombres 13hrs 55min, lo que es 3 veces menos. ¿Con una jornada así, cómo se puede tener otro trabajo? ¿Cómo se pueden tener dos jornadas laborales, sin un desgaste brutal?

Entre la limpieza y mantenimiento de la casa (08hr 59min), preparación y servicio de alimentos (13hrs 53min), limpieza de ropa y calzado (4hrs 06min) y las compras de la casa (1hr36min), las mujeres invertimos 27hrs 52min semanales; en las mismas actividades los hombres usan 8hrs 74min (INEC, UNA e INAMU, 2018). En el caso de cuido exclusivo de niños y niñas, en las 4 variables de la Encuesta: apoyo en cuidado personal, apoyo educativo, entrenamiento y apoyo emocional y cuidados de salud, las mujeres invertimos mucho más tiempo; en la primera y la última variable lo hacemos el doble que los hombres (INEC, UNA e INAMU, 2018). ¿No debería por lo menos enojarnos? Tal vez encontremos más sentimientos que la ambivalencia y así dejar de naturalizar esta feroz forma de control simbólico y económico sobre nosotras.

“Las mujeres somos mejores que los hombres para hacer oficio”, “la maternidad es innata a las mujeres”, “los hombres son tontos para estas cosas”; estas son algunas de las prácticas discursivas modernas que estilizan el modus operandi que nos hacen performar el género, bajo la ilusión inmanente de protección, de ser necesidad. Dicho de otra manera, nos ofrecen el placebo de ser, de ser algo para la familia, para la pareja, para quienes debe cuidarse; un placebo que pretende construirse desde la organicidad, como si corriera por el torrente sanguíneo, como si estuviese determinado por la genética.

Uno de los efectos de este aparato de poder es que las mujeres sintamos que el espacio privado es lo propio, constitutivo de nuestro estar y ser, sin percatarnos que ese espacio privado ha sido el escenario para 11 femicidios en los 6 meses que apenas van del año 2018, espacio que materialmente solo está en manos de mujeres rurales y periurbanas en un 15,6% según el IV Censo Nacional Agropecuario (2015), lo que implica un gran obstáculo para que las mujeres podamos formar parte del mercado laboral, de la toma de decisiones políticas, para acceder al espacio público donde podríamos incidir para transformar, con mayor poder, las desigualdades que cotidianamente experimentamos.

El trabajo doméstico nos cercena la autonomía para decidir a todos los niveles y con las mismas oportunidades que los hombres, como lo indica María Flórez-Estrada (2007): “se caracteriza por la forma de control que se deriva de las relaciones personales (p.12)… tiene tanta importancia en definir el valor simbólico y económico de las mujeres y de los hombres, en la economía (p.12)”. Por eso, la demanda de hacerlo por amor, para darnos un supuesto lugar, bajo la obligación de devoción profunda y por la sangre que une, son una de las bases que construye el control sobre nuestra autonomía, sobre nuestro poder; esto nos ubica simbólicamente y con un valor muy distinto en la economía.

En el empoderamiento hay una clave. Es evidente la necesidad de legislación, de políticas públicas integrales y a todos los niveles, que garanticen una distribución paritaria del trabajo doméstico no remunerado; es vital que las instituciones y las empresas creen condiciones para asegurar el cuido de niños y niñas, de personas bajo asignación social a las mujeres, y que sean adaptadas a la realidad que tenemos; brindar mayor acceso al empleo formal, ampliar la cobertura de la seguridad social, cumplir con las Recomendaciones establecidas por el Comité de la CEDAW para Costa Rica emitidas en el año 2017, y reducir todos los obstáculos conexos que limitan nuestra participación activa en la economía productiva. ¡Sí, todo esto es la plataforma para transformar las condiciones económicas de las mujeres! Pero con el empoderamiento también es posible incidir en esta urgente plataforma.

El empoderamiento de las mujeres, que necesita de condiciones materiales para garantizar la autonomía, también requiere otro de sus componentes: habitar condiciones personales. Cuando las mujeres no tenemos la información clara, cuando la pedagogía de género continúa haciendo estragos en nuestras decisiones, cuando desconocemos sobre cuáles son nuestros derechos y cómo podemos exigirlos, cuando la culpa y el juzgamiento, externo y el propio, sopesan más e irrumpen nuestro juicio, podemos estar mucho más atrapadas en las trampas del sistema de dominación masculina occidental.

Por eso, el objetivo fundamental del ED-2633 “fortalecimiento de las mujeres urbanas que realizan trabajo doméstico” es, precisamente, ofrecer a las mujeres un espacio de mujeres, que facilite la reflexión dialógica basada en el respeto y la sororidad, que sea posible poner en palabras aquellas vivencias que consideramos exclusivas, porque nos hacen sentir avergonzadas, que pueda accederse a información sobre los diferentes espectros en que se manifiesta la discriminación y la violencia, pero con herramientas legales e institucionales para denunciarles. Tener un espacio, una vez a la semana, donde incluso puedan estar las hijas y los hijos, es una forma de garantizar el empoderamiento, de combatir con herramientas propias la dinámica simbólica del trabajo doméstico, de luchar para que el espacio de lo privado no sea de lo propio y el espacio público un espacio compartido.

Referencias bibliográficas

Flórez-Estrada, María (2007). Economía del género: el valor económico y simbólico de las mujeres. San José, Costa Rica. Editorial UCR.

Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), Universidad Nacional (UNA) e Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) (2018). Encuesta Nacional del Uso del Tiempo: Resultados generales. San José, Costa Rica. INEC, UNA, INAMU.

2018: investigación feminista para una sociedad inclusiva, diversa y justa